La Masonería

Tal es el verdadero rostro de la masonería universal. Nosotros quisiéramos describir ese rostro en un esbozo rápido y fiel, no según los hombres alistados bajo su bandera, sino según la tradición de la cual ella debe sacar partido. Esta tradición se alteró en el curso de las edades, de forma casi inevitable, en consecuencia de las relaciones humanas normales.

Los principios de libertad, igualdad y fraternidad, carta inamovible de los individuos y de los pueblos a la cual la masonería está ligada hasta la muerte, fueron desconocidos, o igual pisoteados, por todos los gobiernos y los partidos. Los intereses particulares y los de las castas, parásitos venenosos engendrados por el no desenraizable egoísmo, fueron mucho tiempo favorecidos por los poderes públicos, en detrimento del interés general. La verdadera masonería se levantó contra la injusticia y la intolerancia; ella quiso, por todas partes y siempre, restablecer el equilibrio roto. Porque, siendo humanos los medios empleados por ella tal vez haya sobrepasado el límite de la sabiduría. Para luchar contra la angustia material, descendió sobre el plano estrictamente físico, perdió de vista, así, su papel espiritual y su oficio de mediadora. En algunos casos, ella también se prestó a las realizaciones partidarias.

Pero su acción era legítima en su esencia, cuando no en sus modalidades. Los hombres que en su seno dirigían la lucha eran, en la mayoría, plenos de fe y de buena voluntad y tenían un único objetivo: el bien; es preciso absolverlos. Igualmente, si su obra es condenable, la masonería es inocente, pues ella no proclama el error, sino la verdad.

Contrariamente a las afirmaciones de sus detractores, ella no es, en efecto, una empresa de demolición, un organismo gangrenado cuya actividad nefasta propaga la enfermedad por la cual él está alcanzado. Numerosos masones pueden errar y lo contrario sería sorprendente, muchos de entre ellos pueden actuar en vista de intereses personales más o menos confesables. Es inadmisible jugar la interdicción sobre la orden entera por el hecho de que ovejas negras, sean ellas la mayoría, se abrigan en sus templos.

Es por eso que nos esforzamos en hacer revivir, en su pureza ideal, la doctrina verdadera de la masonería iniciática; en mostrar el ascenso individual y colectivo de la cual ella es el soporte; en elevar los adeptos hasta la noción del apostolado y, por ese medio, conducirlos a las realizaciones exteriores de la cual los errores serán excluidos. Nosotros escribimos sin revelar ninguno de los “aborrecibles” de la orden, como único objetivo de ser útil a la verdad y de destruir, en la medida de nuestro entendimiento, los rumores del odio levantados contra ella. Aquellos que, eventualmente leyeran este estudio de él obtendrán tal vez: sea una más justa

comprensión y un poco de respeto por una alta doctrina venida de las profundidades de la historia, sea el deseo de poner sus pensamientos y sus actos en el diapasón de su enseñanza tradicional.

Para esos últimos, les decimos nuevamente, ellos emprendieron una obra ardua, y, en algunos momentos, dolorosa. Pero su realización no es imposible. Algunos la realizan, a pesar de las dificultades materiales y la lucha por la existencia: debemos imitarlos. Ella es, en estas páginas presentada en su aridez metafísica, no para amedrentar, sino para dar el valor necesario al proseguimiento de ese noble ideal. Es siempre bueno de hecho, antes de emprender una tarea, medir su extensión.